Barack Obama y Andres Oppenheimer
No me sorprendí demasiado cuando el senador Barack Obama dijo en el debate presidencial demócrata que, de ser electo, se
sentaría a hablar con Fidel Castro y Hugo Chávez. Obama me lo había dicho el día anterior –entre muchas otras cosas–, aunque
con matiz importante.
En una entrevista sobre temas internacionales, de América Latina en particular, el aspirante presidencial demócrata criticó la política
exterior del presidente Bush como excesivamente “basada en la antipatía hacia Hugo Chávez”, y me dijo que no solo se sentaría a
hablar con el Presidente de Venezuela “bajo ciertas condiciones”, sino que también viajaría a Bolivia, el principal aliado de
Venezuela en Sudamérica, al principio de su presidencia.
“Nuestra influencia ha disminuido en el mundo”, me dijo Obama en la entrevista realizada en Miami el domingo. “Hemos visto una
incapacidad de encontrar oportunidades constructivas con países que a lo mejor están inclinados hacia la izquierda, pero que están
tratando de hacer lo correcto por su gente. Esa es una diferencia fundamental que pienso será reflejada en una presidencia de
Obama”.
¿Qué haría, concretamente?, le pregunté. “Reconstruir las alianzas que se han deshilvanado en años recientes, viajar desde el
principio a países clave como Brasil, Argentina y Chile, pero también Bolivia, países en que hay una presunción de que no tenemos
intereses comunes. Yo pienso que sí los tenemos.”
Al día siguiente, en el debate de los aspirantes demócratas organizado por CNN y You Tube, Obama fue blanco de críticas cuando
respondió afirmativamente a la pregunta de si él estaría dispuesto a reunirse sin condiciones previas en el primer año de su
presidencia con los jefes de estado de Irán, Siria, Venezuela, Cuba y Corea del Norte.
Cuando se le preguntó en el debate lo mismo a la senadora Hillary Clinton, la ex Primera Dama aprovechó la ocasión para pintar a
Obama como un novato. Clinton dijo que ella no se reuniría de inmediato con estos presidentes, sino que haría que otros
funcionarios tuvieran pláticas exploratorias antes, porque “no quiero ser utilizada con fines propagandísticos”.
Obama había sido más cauto en nuestra entrevista previa. Cuando le pregunté si se reuniría con Chávez, me dijo: “Bajo ciertas
condiciones, creo en la necesidad de dialogar. A veces es más importante hablar con tus enemigos que con tus amigos.”
Preguntado sobre si alguna vez visitó algún país latinoamericano, Obama me dijo que no. “Solo he estado en el Senado de los
Estados Unidos por tres años, así que la oportunidad de viajar [a la región] todavía no se ha presentado”.
¿Podría nombrar dos o tres líderes de América Latina que admira?, le pregunté. “Pienso que la actual Presidenta de Chile está
haciendo un trabajo extraordinario, y parece muy solidaria”, dijo, refiriéndose a la presidenta Michelle Bachelet. “Parte de lo que
estoy viendo en ella y varios otros líderes latinoamericanos, y que ojalá veamos pronto en los Estados Unidos, es un menor
énfasis en la ideología y un mayor énfasis en soluciones prácticas”, agregó.
Preguntado sobre su voto en contra del Tratado de Libre Comercio con América Central y la República Dominicana, Obama dijo que
“nuestras oportunidades de expandir el comercio con América Latina son extraordinarias, pero debemos estar seguros de que los
acuerdos comerciales reflejen los intereses de nuestros trabajadores, y no solo el de las corporaciones”. Agregó: “El Tratado de
Libre Comercio con México es un buen ejemplo: indudablemente hizo aumentar las ganancias de las empresas de Estados Unidos
y de las empresas de México, pero si miras las consecuencias para los agricultores mexicanos, no ha sido bueno para ellos”.
Mi opinión: Obama se equivoca sobre el libre comercio –el tratado con México ha sido en líneas generales muy bueno para los
mexicanos, y para los estadounidenses– y el candidato probablemente está demasiado amarrado a los sindicatos de trabajadores
de Estados Unidos, cuyas preocupaciones por los trabajadores extranjeros son una excusa para proteger a sus miembros de la
competencia extranjera.
Pero no creo que, de ser electo, Obama sería tan ingenuo como reunirse con Chávez de inmediato, por el mero gusto de hacerlo, y
arriesgarse a que el venezolano lo insulte públicamente –como suele hacer a diario– al minuto siguiente.
Lo más probable es que Obama está haciendo un juego político: en su calidad de número 2 en las encuestas demócratas, Obama
necesita proyectarse como el candidato del cambio –y dejar a Hillary como la candidata del sistema– y ganar el apoyo del ala más
liberal de su partido, cuyo activismo será clave en las primarias.
No estoy sorprendido por lo que dijo Obama en el debate, aunque le hubiera ido mejor si hubiera matizado su afirmación.